
e atribuye a Talleyrand la frase: “Sí, soy venal, pero Francia merece que uno se sacrifique por ella”. Probablemente es apócrifa, pero le queda como un guante. Porque efectivamente, Talleyrand sirvió a los Borbones, a la Revolución, al Directorio, a Napoleón, de nuevo a los Borbones y finalmente al rey burgués, Luis Felipe de Orleans. Y con todos se enriqueció cobrando coimas y sobornos a cambio de que Francia hiciera, y ahí está su genio, lo que a Francia convenía hacer en perjuicio de otros enemigos. Para nuestra desgracia, nuestros socialistas no son tan listos.
Durante los años de Zapatero, nos enemistamos con los Estados Unidos. Ningún esfuerzo se hizo para recuperar la relación cuando llegó Obama. Nos pusimos del lado de Rusia en todo a lo que a Putin interesó, especialmente en la Unión Europea y en la OTAN. Fijamos una alianza con Turquía y con Irán. Nos rendimos al Reino de Marruecos y practicamos el apaciguamiento con el islamismo radical. Entonces creímos que tan disparatada política era fruto de radicales convicciones ideológicas. Pero, joyas mediante, quizá debamos revisar nuestras conclusiones.
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Sánchez nos enemista con Estados Unidos por enfrentarse a Trump exagerando el insulto. Se inclina ante el rey de Marruecos hasta ultrajar a Argelia, nuestro mayor suministrador de gas. Abraza a Zelenski, pero luego paga el licuado ruso con los dólares que el Kremlin invertirá en armas con las que matar a ucranianos. Se enfrenta a Israel sobreactuando en la ofensa hasta conseguir que Hamás y Hezbolá lo tengan por su mejor amigo en Europa. Proporciona cobertura a la dictadura cubana. Finge equidistancia entre el régimen comunista venezolano y la oposición para que Maduro gane tiempo. Y después, criticando como critica todo lo que hace Trump, calla cuando este da abrigo a la nueva autocracia de Delcy Rodríguez. Se erige en abogado de los intereses chinos en Europa y se opone a todas las políticas de Bruselas contrarias a los postulados económicos y estratégicos de Pekín. Objeta el incremento del gasto en la OTAN con la vehemencia de alguien que procediera al dictado del Kremlin. Suscribe un tratado sobre Gibraltar, del que ni siquiera somos parte, para que los llanitos gocen de todas las ventajas de serlo sin padecer ninguno de sus inconvenientes. Pareció que todo lo hacía por motivos electoralistas, para no cargar con la culpa de sacudir a quienes intentaran saltar las vallas de Ceuta y Melilla y que fueran los marroquíes quienes hicieran el trabajo sucio. O para satisfacer el pacifismo pro Putin de nuestros comunistas. O para beneficiar intereses económicos de nuestros empresarios en Cuba y China. O para que los trabajadores del campo de Gibraltar puedan cruzar la frontera con más facilidad.
Pero, visto lo visto, y considerando la corrupción que enfanga su gestión, tal vez debamos preguntarnos si no habrá, de una u otra manera, cobrado los favores. Que es, por otra parte, lo que hicieron Cerdán, Leire, Vicente Fernández, Ábalos y tantos otros bajo su manto protector. ¿Tan rico quiere hacerse, que no se conforma con un porcentaje de las obras del Estado que ha de vender nuestra política exterior y nuestros intereses nacionales? Va a llevar lustros levantarse de tanta desgracia, si es que alguna vez lo conseguimos.